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Violencia de género: cuando la única manera de sobrevivir es esconderse
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Publicado el 04/07/2019

En una casa de la Ciudad conviven 10 mujeres que sufrieron palizas y abusos. Algunas llegaron de otras provincias escapando de sus agresores. Con sus hijos, ahora intentan iniciar una nueva vida. Sus historias.

Llamémosla María. María aún no puede contar su historia sin llorar. Habla, calla, por momentos sonríe. Llora. No tiene padre, tiene una madre que la expulsó de su casa incontables veces y varias ex parejas que la abandonaron, golpearon, humillaron, descartaron. A ella y a sus tres hijos. María tiene 24 años: “Dicen que la vida te da muchos golpes y de eso tenés que aprender, pero conmigo se pasó“.

María acepta contar su historia, pero de espaldas y con otro nombre. Tiene miedo. Sabe que un ex la busca. Ya la lastimó mucho, muchas veces. Está en una casa de un barrio de la Ciudad de Buenos Aires. Ya pasó por dos refugios. De los refugios no se sale ni a la calle. Son herméticos. Es donde van las mujeres que denuncian violencia -la mayoría de las veces a sus parejas o ex- y no tienen otro lugar a donde ir.

La casa donde está María ahora se llama de “medio camino”. Las puertas se pueden abrir. Sus hijos pueden ir a la escuela. Ahora son diez mujeres en el lugar. Suman más de veinte hijos. Todos conviven en este sitio de habitaciones amplias para que cada mujer viva con sus niños con relativa intimidad. También hay salones donde se reúnen para hacer yoga, talleres de convivencia, crianza. Está el comedor, la sala de juegos de los chicos. Los baños, que se asemejan a los vestuarios de cualquier club.

El lugar busca ser alegre, luminoso. En parte lo consigue. Las habitaciones tienen grandes ventanales, entra el sol. Los dibujos de los chicos pegados por las paredes hacen lo suyo. Pero en medio de la casa, un pasillo. De él se desprenden las puertas que conectan todos los espacios. Es largo, muy largo el pasillo, muy angosto. Sus paredes están recubiertas de azulejos blancos. Parece un hospital. El pasillo, ineludible, recuerda a cada instante que no es una casa, no es un hogar, es una institución. En las puertas hay personas de seguridad, con uniforme.

No hay olor a pan tostado, ni a guiso, ni a milanesas. La cocina, enorme, llena de cacerolas industriales, está cerrada. La comida llega en viandas. Las madres y los niños comen sus porciones matemáticas que sirvió alguien en algún otro lugar. Hay madres y niños que viven años en esta casa de medio camino. María va por los once meses.

“Somos ocho hermanos, tengo estos dos hermanos que abusaban de mi y mi padrastro también. Tengo una melliza que es trans, y cuando le dijo a mi mamá que ella era así se armó problema con toda la familia, saltó que ellos abusaban de mí pero ella nos echó. Ella sabía porque yo le contaba a todo el mundo, pero ella se hacía la distraída, no lo quería ver, nos sacó a la calle, nos pegó, a mí por ‘querer seducir a los otros’, y al él, mi hermano, por ser como era. Estuvimos tres años en la calle, pero yo la iba a visitar, porque para mí ella era mi mamá”, cuenta.

Los problemas continuaron la primera vez que quedó embarazada. “Conocí a un pibe más grande y me quedé de encargue… Mi mamá me lo quiso sacar muchas veces, me metía palos ahí abajo, pastillas, decía que yo era muy chica. Que no estaba para tenerlo, no pudo, nació de 4,200 kilos, gordito, relindo. Yo andaba de lugar en lugar, yo pedía, la gente me ayudaba, así salí adelante con él. Mi mamá me dejaba quedarme a veces dos días y después me sacaba a la calle y yo iba a limpiar veredas, pero conocí a un tipo y empezó mi vida peor de lo que era”.

María cuenta que este tipo se ponía loco cuando su bebé tomaba la teta, y se lo arrancaba de ahí. Ella un día le dijo que se separaba, y él le incendió la casilla donde vivían con ella y su bebé adentro. Se fueron a la calle. “Me sentía sola y tenía miedo. Cualquiera que me decía te quiero me iba con él”. Una vez fue un tipo casado, que empezó a descargar sus golpes sobre ella cuando él la dejó embarazada. Vivían en un hotel abandonado: “El no quería un bebé. Ya había tenido uno y se lo había regalado a su mamá”.

La primera denuncia fue por desfiguración de rostro. María se fue a la casa de su madre, que una vez más la echó porque su pareja “la miraba demasiado”. María, con sus dos hijos, volvió a la calle, con el golpeador, que la dejó embarazada: “Cuando estuve de encargue de nuevo me hizo bosta… no sé por qué no podía dejarlo, no sé qué me pasaba en ese momento, es el día de hoy que todavía lo pienso. Creo que buscaba alguien que me quisiera”.

Los golpes siguieron. María se fue. Vivió abajo de un puente por meses con sus pequeños, volvió a lo de su mamá, que la echó varias veces más, fue a la casa de amigas, de su hermana, nada resultó. Descargaba sus nervios con sus hijos, les pegaba, ellos lloraban. Una tarde fue a buscar leche a un merendero y se lo cruzó al ex. El sacó una navaja y le tajeó la cara. La nena quedó muda. El bebé lloró días sin parar. Otra denuncia. La metieron en un refugio. Pero el ex la encontró. Se le tiró encima con un tenedor, le quiso sacar un ojo y rociarla con ácido. Lo detuvieron. La familia de él la amenazó con matarle a los tres nenes. María y sus tres hijos fueron mudados a otra provincia.

Primero pasaron por el refugio de máxima seguridad. Ahora están en esta casa para que los niños vayan a la escuela: “Estoy bien, nunca pensé que alguien fuera a ayudarme, sigo desconfiada… los nenes ahora están bien, el nene pasó de grado, la nena habla, el bebé se queda en la escuela sin llorar y yo ya no les pego, trato de hablarles, antes sólo les pegaba, pobrecitos”.

María ama el folclore, canta, aprende a tocar la guitarra. Está estudiando, segundo año del secundario. Quiere ser maestra jardinera. Ahora se tiene que operar de dos hernias. Es que no hubo reposo después de cada una de sus tres cesáreas: salía del hospital derecho a limpiar veredas para darle de comer a sus hijos.

“Las mujeres no están mucho tiempo en los refugios porque lo mejor es que se reinserten en sus lugares habituales. Las casas de medio camino permiten volver a la sociedad, generar un proyecto autónomo en una vida libre de violencia, mejorar los vínculos sociales, facilita que se terminen estudios primarios, secundarios, que se busque trabajo, ahorrar dinero porque se brinda cobertura médica, alimento. Acá pueden estar un tiempo prolongado, depende de la edad de la mujer, y de la cantidad de hijos”, explica Débora Tomasini, licenciada en trabajo social, coordinadora de la casa.

Llamémosle Juana. Juana estuvo dos años en esta casa. Ella y sus cuatro hijos. Llegó después de varios meses de refugio. Al refugio llegó porque su marido por doce años y padre de sus cuatro hijos la desfiguró. Fueron “celos”, porque le revisó el celular y algo no le gustó. Tampoco le gustó a él poder salir a divertirse sin que ella le hiciera escenas: decía que si no lo celaba era porque no le importaba. Todo sirvió para pegarle. Juana terminó en el hospital. El miedo sigue en el rostro de Juana.

“Son traumas complejos, apuntamos al shock postraumático, el miedo se pierde si se incorporan situaciones más afectivas. Lo primero que hay que hacer es sacarlas de la devastación. Y hay que  apuntalar todo prácticamente, la autoestima, la relación con sus hijos, la relación con el mundo, construir lazos de confianza con adultos, que son quienes en general las han lastimado muchísimo: padres, hombres, tíos, madres, parejas… Están descreídas de todo”, explica Patricia Medina, psicóloga social y coordinadora de la casa.

Los hijos, las hijas, viven la violencia de sus padres, sufren con sus madres víctimas. “Tenemos que llegar a que sientan que somos adultos confiables. Son chicos que han participado o vivido violencias extremas, chicos que no han jugado, que no saben de reglas sociales, que tienen problemas en la escuela”, explica Patricia. “Además, hay que trabajar con las mujeres las cuestiones del maternaje. Son mujeres con la subjetividad muy dañada, están llenas de culpa, con la autoestima baja, no pueden poner límites, son como niños porque en ese lugar es que las han puesto sus parejas”, añade Graciela.

“La violencia es una modalidad de resolución de conflicto. Cualquier situación conflictiva puede desconocer al otro como otro. El violento tiene la imposibilidad de tramitar las diferencias en lo social, la imposibilidad de tramitar a través de las palabras las frustraciones -sostiene Graciela-. El que pega va a seguir pegando si no puede entender que pega, no porque hay un problema, sino porque él tiene un problema”.

Agustina Señorians es subsecretaria de Promoción Social de CABA: “Tras una denuncia se hace la valoración del riesgo, si es alto se recomienda el refugio. En general son mujeres que no tienen recursos ni redes, por eso la mejor opción es el refugio, donde se intenta devolver derechos y acompañar con profesionales: abogadas, psicólogas, asistentes sociales. En las casas de medio camino pueden estudiar, maternar, descubrir cuál es su camino de vida, libre de violencia. La salida se consensúa. A las mujeres les cuesta un montón, es un paso enorme, pero hay un equipo de seguimiento que sigue acompañando”.

El comedor está pintado de verde. Corazones de papel cuelgan de las paredes con mensajes de solidaridad, igualdad, justicia. También se destaca un cartel de ESI (Educación Sexual Integral): “De ESI sí se habla”. Las habitaciones también tienen las paredes cubiertas de papeles. Son fotos impresas, muchas en blanco y negro. Son imágenes de niños, niñas. Todas tienen mensajes escritos a mano: “Mi vida”, “Mis amores”, “Los amo”.

Graciela habla de la violencia, una vez más: “Lo bueno es que la violencia es una conducta aprendida, que también puede desaprenderse”. También habla de la cultura patriarcal.

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