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Mundos íntimos. Hace 10 años que soy una mujer transgénero. Por suerte, pude seguir trabajando sin caer en la marginalidad
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Publicado el 14/05/2019

Investigadora mexicana. De niño, jugaba fútbol. Luego se recibió de ingeniero y empezó su transición. Estuvo casada pero su separación, dice, no se asoció a su nueva identidad de género. Hoy tiene una pareja lesbiana.

Me preguntan a veces cómo es posible que un varón se descubra mujer y se asuma como tal. Intentaré explicarlo. Pasé mi infancia como un niño mexicano típico, si es que lo típico existe. Yo era una especie de estereotipo, un niño a quien, entre otras cosas ,le gustaba el fútbol. Un hijo, además, acompañado por un padre que practicó profesionalmente ese popular deporte. Mi nombre completo de entonces era David Gutiérrez Ruiz. Puede decirse que yo era eso que la prejuiciosa y simplificadora sociedad en la que vivimos considera normal. De manera “lógica”, inicié mi formación educativa y profesional como hombre aunque yo sabía o intuía que esa no era mi identidad real. Fue mucho después, cuando ya estaba empoderada dentro del ambiente laboral y científico, que descubrí la necesidad y la oportunidad para definirme como lo que realmente quería ser: una mujer.

Fue hace exactamente diez años que decidí transicionaren ese camino. Quizás la palabra suene extraña pero no lo es tanto. Alude en realidad al largo proceso necesario para asumir definitivamente la identidad de género que se desea. Aclaro que la prioridad para mí fue encarar mi desarrollo personal en el campo científico. Lo incidental fue convertirme en una mujer transgénero. En este último aspecto debo decir con firmeza que no soy un ejemplo clásico y representativo de la comunidad trans. Lo mío fue más que nada un privilegio. Y puedo asegurar que he sido muy afortunada.

Es sabido que la gran mayoría de las mujeres transgénero vive en condiciones precarias y se ven forzadas a dedicarse a la prostitución o al sexo-servicio, como le decimos aquí. O también al mundo de la farándula o al de la belleza y la exhibición banal y aún morbosa. Mucho tiene que ver con los prejuicios que van empujando a las personas hacia esas actividades. Yo sería el caso inverso dado que le di preferencia a mi desarrollo profesional hasta alcanzar un punto donde me fue imposible no atender también mis necesidades personales, es decir, mi deseo más genuino. Afortunadamente las condiciones finalmente se dieron y asumí el rol que creo indicado para mí.

Yo, al igual que la gran mayoría de mujeres transgénero, supe desde mi más temprana infancia que mi identidad no era congruente con mi cuerpo. Pero la sociedad me obligó, de algún modo, a mantenerme “en el closet”, como suele decirse, y tratar de amoldarme a una vida falsa, llena de inseguridad y depresión. No por casualidad se ha establecido que un cincuenta por ciento de las personas trans suelen incurrir en intentos de suicidio. Por suerte no fue mi caso. Es cierto que sentí depresión en la vida pero de alguna manera logré apaciguarla con mi gusto por la escuela y, posteriormente, por la ciencia.

Cuando ya no pude más me di cuenta de que para poder seguir desarrollándome profesionalmente en plenitud y ser feliz tenía que dar el paso y asumir mi identidad real como mujer. El cambio no fue fácil de entender, por ejemplo, para mis padres que no vieron con buenos ojos mi decisión. No los culpo. Ellos me criaron como una persona independiente y lo agradezco. Pero creo que están en una etapa de negación. Tal vez siguen aferrados a esa imagen del niño que tuvieron y no quieren dejarlo ir… Quizás piensen que hicieron algo malo. Yo no les guardo rencor. Simplemente les guardo distancia y todo bien. En mi familia la excepción es mi hermana Rocío que vive en la Ciudad de México y siempre me ayudó y comprendió. Con ella me llevo muy bien.

En todo caso, hay situaciones más difíciles. En más de una ocasión fui detenida en retenes policiales durante 45 minutos o más en los cuales desmontaron asientos y abrieron el baúl. Mientras tanto yo debía aguantar las preguntas poco felices de los policías federales. Llegaron a preguntarme, por caso, sobre el significado de mis tatuajes.

En una ocasión un militar me sugirió que le hiciera dedo a Monterrey a un grupo de amigos suyos “para que no fuera sola”. Obviamente le dije que prefería irme sola dado que no suelo viajar con desconocidos. Afortunadamente el militar no insistió. Pero la situación ha sido incómoda por donde se la vea.

Hoy ya no soy David sino Dania. Fui Daniela durante la época en que vivía en Chicago, Estados Unidos, donde me formé como investigadora dedicada al estudio de señales biomédicas desde la perspectiva del procesamiento estadístico. Trabajo analizando señales eléctricas del cuerpo, tratando de entender si tienen algún significado clínico. Aquel nombre, Daniela, siempre me gustó. Pero cuando decidí ser mujer “a tiempo completo”, sabiendo que mi nombre se haría oficial y definitivo, ya no me pareció apropiado.

Una compañera de trabajo se llamaba Daniela y un colega acababa de tener una hija con ese nombre. Mi búsqueda terminó en Dania. Este nombre me encantó entre otros motivos porque conserva una curiosa relación con los nombres de mis hermanas, Laura y Rocío, los dos tienen cinco letras, el mismo número que tiene la palabra David, el nombre que me asignaron mis padres cuando nací. Pienso que hay algo significativo detrás de esa rara simetría.

Aclaro que lo del nombre sigue siendo un tema complicado para mujeres como yo. A tal punto que sigo firmando mis numerosas publicaciones científicas con nombre masculino. ¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad llena de prejuicios donde hay poca o ninguna tolerancia a la diversidad. No podemos dejar totalmente de lado las apariencias y mirar solamente hacia las capacidades de las personas como debería ser. Lo peor es el prejuicio. Y aquí debo dejar por un instante el tema transgénero. Porque más allá de eso el mundo científico le da menos valor al trabajo de las mujeres que al de los hombres. Por eso me veo obligada de cierta manera a seguir usando el “privilegio masculino” en mis publicaciones científicas. En algunas de ellas pongo una nota breve aclarando que mi verdadero nombre es Dania. Pero sólo en algunas.

Recuerdo con cariño mi paso por la Universidad de Illinois, en Chicago, donde hice mi maestría y mi doctorado. Ahí no sólo me formaron como investigadora sino también como mujer. Fue también en los Estados Unidos donde inicié mi proceso de transición hormonal. Cuando regresé a México, si bien vivía aún como hombre, tenía una apariencia bastante andrógina debido justamente al efecto de las hormonas. Cuando por fin di el paso hacia la feminidad me sentí más plena y productiva, es decir, en el más alto nivel de potencialidad y dejando de lado casi todas mis angustias. La elección fue un parte-aguas para mí. Es curioso porque a lo mejor muchas personas a mi alrededor aceptaron mi cambio esperando verme caer, como siempre, basados en el prejuicio y el estigma. Pero afortunadamente no fue así.

Debo aclarar que hoy soy una persona que definitivamente llama mucho la atención. Más allá de mi condición trans soy una mujer bastante alta. Mido un metro ochenta, me gusta usar tacones y lucir diversos tatuajes en el cuerpo. Quiero detenerme un poco en mi pasión por los tatuajes y su posible significado. Creo que los tatuajes tienen que ver con mi desarrollo ayudando a derribar ideas muy instaladas como la que afirma que el cuerpo es sagrado e intocable.

Hoy estamos viviendo en una era de apropiación del cuerpo en donde las modificaciones generadas por el uso de piercings y tatuajes –sólo es un ejemplo– se están desmitificando para transformarse en reales representaciones de la identidad de las personas. Por igual motivo –la defensa de mi naturalidad– detesto los salones de belleza. No me gusta perder mi precioso tiempo ocupándome de rectificar mi apariencia en esos lugares. Yo misma puedo pintar y cuidar mis uñas, cortar o teñir mi cabello, etcétera. ¿Para qué más?

Ya que menciono el tema del cuerpo quiero distinguir o separar el término transgénero del que define a nuestra comunidad como transexual. Son cosas distintas. Transexual tiende a usarse para definir a personas que se han sometido a cirugías de reasignación sexual. Transgénero, en cambio, es un término más abiertojustamente porque no hace énfasis en lo anatómico. Creo que la presencia o ausencia de un falo no es lo que me hace mujer sino la identidad que asumo incluso más allá del sexo. Yo me defino básicamente como un ser humano que además se enamora.

Aclaro, sin que haga falta, que nunca he tenido problemas en mis relaciones erótico-afectivas. Siempre me gustaron las mujeres. Eso sí. Tuve la suerte de encontrar muchachas que me han apoyado en mi condición trans. Entre 2008 y 2016 estuve casada con una mujer que me acompañó en todo el proceso de transición. Nuestro distanciamiento no fue algo relacionado con mi condición transgénero. Cada una de nosotras sintió la necesidad de buscar cosas en la vida. Luego me divorcié. Actualmente estoy viviendo una relación intensa con una mujer autodefinida como lesbiana. Estoy muy contenta con la manera en que fui llevando adelante mis vínculos afectivos. La sociedad sufre de un gran desconocimiento al respecto. En varias ocasiones me topé con personas que por mi condición trans me encasillaron en una preferencia hacia los hombres. No es mi caso. Ocurre que la sociedad no sabe distinguir aún entre las preferencias sexuales y las identidades de género.

Todo lo que he contado hasta aquí es parte del proceso de empoderamiento que he trabajado para manejar mi vida social. No es ni ha sido fácil. Algunas personas se sienten incómodas cuando están cerca mío. En mi trabajo, sin ir más lejos, hay un individuo grande y con cierta fama en el lugar que no reconoce mi identidad y me trata de una manera indigna, grosera y despectiva. Siempre que puede se refiere a mí, para decirlo de algún modo, con nombres y apodos masculinos. Las cosas llegaron a un punto tal que me vi obligada a ponerle un freno a ese señor mediante una queja formal ante mi jefe inmediato superior.

Eso relajó un poco la situación sin resolverla del todo. Es difícil hacerle entender a la gente cerrada que los tiempos han cambiado. Y en la época que estamos viviendo, bajo el signo de Trump y el regreso al oscurantismo que hoy se vive, los que defendemos la diversidad debemos mantenernos en pie de lucha. Por ello dedico parte de mi tiempo al activismo militante con el propósito de crear mejores condiciones de vida para toda la comunidad gay, lesbiana, bisexual, transgénero e intersexuada.

A la larga mi condición me afecta en mi capacidad de poder escalar posiciones en mi trabajo. Creo incluso que alcancé el famoso “techo de cristal” pues lamentablemente ya no se me va a permitir subir más. El puesto que tengo actualmente, Secretaria Académica, ha surgido más que nada de la confianza. He tenido la fortuna de tener jefes que reconocen mis capacidades. Sin embargo soy consciente de que llegará un momento en el que alguien decida no darme más el voto de confianza. Tampoco logré en su momento que se me brindara la oportunidad de dirigir la institución en la que me desempeño actualmente. Cuando lo intenté fui víctima de muchos actos de discriminación.

Pienso que he llegado al punto de considerar que no vale la pena el esfuerzo. Tengo dignidad y sé reconocer que hay cosas que no merecen tanto desgaste. Estoy contenta con lo que hago en mi labor de investigación y administración en una secretaría académica. Puedo en tal sentido aportar a la lucha de la comunidad trans y es a eso a lo que me estoy enfocando actualmente. Llegar a ser una mujer transgénero es todo lo que necesitaba para ser feliz. No ha sido fácil el camino que debí atravesar. Pero sin decisiones no hay destino.
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Dania Gutiérrez es una ingeniera mexicana, recibida en la UNAM. Hizo su doctorado en Biotecnología en la Universidad de Illinois, en Chicago. Actualmente se desempeña como investigadora dedicada al estudio de señales biomédicas desde la perspectiva del procesamiento estadístico. Es, también, secretaria académica del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados de Monterrey. Tiene 45 años y dedica parte de su tiempo a crear mejores condiciones para la comunidad gay, lesbiana, bisexual, transgénero e intersexuada. Le gusta tatuarse el cuerpo, escuchar rock alternativo –preferentemente en inglés–, los viajes, el vino y las cervezas artesanales. También le gusta el fútbol –es Puma UNAM de corazón–, las carreras de Fórmula 1 y las corridas de toros.

Fuente: Clarín

Fecha: 11/5/2019

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