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La ruta del arsénico, el enemigo invisible que acecha en el Norte
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Publicado el 04/07/2019

Es un semimetal natural considerado tóxico por la OMS. Su concentración es muy alta en el agua que consumen en Chaco, Formosa y Santiago del Estero. Una recorrida de Clarín por los parajes donde beber es un peligro.

Agua mala. Suena a “agua turbia”. A “no tomar”. Pero en el Norte de Argentina quiere decir que tiene arsénico. Aunque es un semimetal natural, que no depende de la intervención humana, intoxica.

En más de la mitad de las zonas rurales del Norte, donde la sed acecha a los más pobres, su nivel de concentración en el agua está muy por encima de lo aceptable según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los expertos hablan de un máximo de 10 microgramos por litro de arsénico en el agua como límite hasta que empieza a generar consecuencias en la salud. Pero en el Chaco hay áreas con máximos de 800 μg/l, en Formosa con 900 μg/l y en Santiago del Estero, en la localidad de Mili, el récord de contaminación llegó a ser de 2.400 μg/l.

El peligro es que provoca una enfermedad lenta pero muy corrosiva y de derivaciones múltiples. Se llama HACRE (Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico). Un nombre difícil de recordar para un porteño, pero presente en el vocabulario de los habitantes del interior olvidado.

A pesar de los números -y de que los niveles de arsénico encienden alarmas en 16 provincias argentinas-, el tema no es una prioridad de las políticas públicas.

La OMS ubica al arsénico entre las 10 sustancias químicas más preocupantes para la salud pública. Cuando este semimetal se concentra puede generar un hongo que causa diferentes dolencias:  dermatitis, erupciones, trastornos gastrointestinales, anemia. Pero también cáncer de pulmón, de piel, de vejiga, de riñones. Antes de eso, en el Norte se hace notar en las sonrisas sin dientes de los adolescentes.

Los expertos aseguran que el consumo prolongado durante 10 o 15 años de un agua que contenga esas grandes cantidades de arsénico genera enfermedad. Ese agua es la que se consumen los argentinos en el Norte. Todos los días.

Además de la falta de agua, el principal problema es la calidad del agua que se obtiene a través de la perforación de pozos, lo que viene de abajo.

El Estado se prepara para iniciar por primera vez el “Estudio Epidemiológico Nacional para determinar el Impacto Sanitario del Consumo de Aguas con Arsénico”. Pero los resultados no estarán en lo inmediato.

Mientras tanto, ante la ausencia de una política pública que se ocupe de garantizar el derecho de acceder a agua segura, aparecen las ONGs. Clarín acompañó a una de ellas en una de las tantas rutas de la Argentina sedienta.

Historias con sed

“En este lugar todos somos aborígenes. Por eso le decimos Barrio Qompí Juan Sosa (Qompí, significa “Todos juntos”). A 30 kilómetros de acá, en Tierra Nueva, hay gente que si no llueve no tienen de dónde sacar agua. Tienen que recorrer kilómetros para llenar un bidón. Esa gente realmente sufre”, dice el referente pilagá Ignacio Silva.

De la mano de Fundación Aguas, que desde hace un año recorre el país analizando la calidad del agua, desarrollando proyectos de acceso de uso sostenible en el tiempo y dando talleres de capacitación en escuelas y centros comunitarios, Clarín intentó conocer a las comunidades de las que habló Ignacio.

El camino ya estaba allanado para que el “hombre blanco” -como llamaron a este equipo, aunque se trataba de una periodista y un realizador audiovisual- tenga acceso a ellos en Pozo del Tigre, Formosa. Pero la lluvia, aunque muy leve, impidió el paso. Incluso a bordo de una 4×4. Es que no se “debía” pasar.

Por ese mismo camino van las 40 familias de la comunidad para buscar agua en épocas de sequía. Sobre la tierra mojada, las ruedas de la camioneta hubiesen roto la tierra del cruce que luego los aborígenes deben hacer en carretas. Llenas de bidones de 5 o 10 litros.Tiradas por mulas.

“Hacen más de 3 kilómetros para llenar esos bidones. Los Salazar calzaron (recubrieron) un pozo de madera. Ese agua está en las peores condiciones. Toman los animales de ahí. El agua es una necesidad básica para las personas. Para la comida, para el mate, para lavar la ropa. Que aprueben el proyecto de agua segura sería una bendición para la gente de estas comunidades, que están muy alejadas”, detalla el aborigen de 68 años.

Cuando habla de comunidad “alejada” se refiere a familias que tampoco tienen luz. Ni escuela. Que no conocen más servicios médicos que los básicos que les ofrece una salita de auxilio en el Barrio Qompi. Si están “muy mal” llegan al hospital del pueblo. Padecen los dolores de panza, la caída de dientes y otras afecciones más graves. Eso, calcado, se repetirá en toda esta ruta de la Argentina sedienta.

¿Saben que se pueden enfermar por el agua de ese pozo? “No. Ellos toman de cualquier charco. Si llueve y hay un bajo ahí (donde se acumule el agua), ellos toman. No saben que está contaminado. Eso nos enteramos después, con los análisis al agua”, sentencia.

Para ellos, lo visual es el diagnóstico para tomarla o no: si es clara, se toma.

La zona más afectada por el arsénico es la llanura Chaco-pampeana, en el centro del país. El 20% de sus habitantes, además, tiene las necesidades básicas insatisfechas. La pobreza es mucho mayor en el Chaco: el 17% de la población total vive en comunidades rurales con menos de 2.000 habitantes, mientras que casi el 12% vive en asentamientos, dispersos, con menos de 50 habitantes.

La estadística es importante: los pozos poco profundos, con altas concentraciones de arsénico, son el único recurso disponible de agua potable durante todo el año para la mayoría de la población rural.

En esta “ruta del agua mala” hay dos épocas claramente marcadas. La de humedad, de lluvias, de octubre a abril. El resto del año, sequía. En la época sin agua, toman “agua de charco”, como la llaman. De pozo.

Cuando les preguntan: ¿Saben que no es agua segura?  Contestan: peor es la sed. Desde la fundación aseguran que “cierto nivel de conciencia hay”. Las madres creen saber por qué se enferman sus hijos. Pero son sospechas. Desde el Gobierno no lo dicen. ”Hay que investigar si la calidad de ese agua tiene que ver con las enfermedades que padecen. A partir de ahí, concientizar”, dice Juan Lapetini, presidente de la fundación.

Los hijos del arsénico

Los niños son más susceptibles que los adultos a los efectos adversos del arsénico. Las enfermedades dermatológicas -la hiperpigmentación a través de pecas y el engrosamiento de las palmas de las manos y las plantas de los pies- aparecen más rápido en ellos. Además, los que estuvieron expuestos a esta sustancia desde el embarazo y la lactancia, pueden tener un menor desempeño neurológico que los no expuestos.

“Mis hijos tenían diarrea, Escherichia coli, les dolía la panza. Ahora ya no. El agua de lluvia, filtrada, es una gran ayuda. Antes consumíamos del pozo y no sabíamos que estaba tan contaminada. Ahora puedo diferenciar que tenía ese gusto raro (se roza las yemas de los dedos sin poder describirlo) de cuando los animales se morían”, dice Patricia, desde su casa, debajo de la línea de la pobreza, en Chaco. Ese lugar, precisamente, se llama Pampa del Infierno.

Ese tiempo anterior al que hace referencia es su vida previa a que Maximiliano Tardini, responsable de Proyectos de la Fundación Aguas, les enseñara a hacer el aljibe de mampostería que acopia 21 mil litros de agua de lluvia.

La cisterna funciona por gravedad. El agua de lluvia se dirige hacia el filtro por un sistema de canaletas ubicadas en el techo de la casa. El proceso de filtrado consta de dos etapas: en la primera fase, los metales pesados del agua son removidos por absorción, es decir por un filtrado a través de un pregranulado, al cual los metales se adhieren cuando entran en contacto con la superficie.

Luego pasa por otro filtro que funciona por capilaridad. Este está conformado por miles de cavidades apenas un poco más gruesas que un cabello humano, de 0,1 micrón. Al ser tan finas, desbacterizan el agua totalmente, porque la bacteria más pequeña mide 0,5 micrón.

Al tenerlo, Patricia no volvió a requerir ayuda de su vecino para obtener el agua. pero sí quiso ayudarlo. “Me dijeron que tantos años consumieron el agua de ese pozo que la iban a seguir tomando“, cuenta.

Después, todo depende de la lluvia. “La lluvia tiene que ser de 100 (milímetros) para arriba para que entre 1,20 o 1,30 m de agua”, dice Maximiliano. En este viaje, una semana a fines de marzo, época de lluvia, el aljibe tenía 1,80 m de agua.

“No me dolió más la panza desde que tomo agua segura. Ahora tengo que sacar de ahí (aljibe), ponerla en el filtro y en un vasito. En la escuela, con el manual, me enseñaron que no tengo que tomar agua sucia. para que no me enferme. Para que no me salgan piedras en la vesícula”, dice Max Romero, un nene que va a la escuela rural 843 de esa zona. Es el único entre todos los alumnos que no toma “agua de charco”. Ese manual no lo hizo el Estado. Lo hizo la fundación. 

El resto, en Pampa del Infierno, no tiene el aljibe.

Punteros del agua

“El principal problema acá es el agua. Queremos producir, pero nos falta el agua. Vivimos así acá en invierno, que es todo sequía. Durante 10 años teníamos un pozo del que todos sacábamos. Tenía arsénico. Ahora el agua la traen los comisionados desde Vinará. A veces se rompe el camión, no pueden hacer llegar el agua. Ahí hay que ir tres, cuatro kilómetros en carro para traerla”, dice a Clarín Eliseo Moreno. Está en su casa, de material pero sin puertas, en Algarrobales, Santiago del Estero.

Su mujer, Vanesa, saca agua de unos bidones industriales para cocinarle a su familia, a los tres viajeros de la fundación y a los enviados de Clarín. ¿Agua del pozo? Nunca más. “Una vez bombee y el agua salió blanca como la leche. Puro arsénico”, recuerda.

En esos bidones el agua es para consumo humano. El ganado muere cuando se vacía la represa y no alcanza la penca de tuna, de donde se las ingenian para obtener el líquido para darles de tomar. 

“Imaginate en verano, 40 grados sin agua para refrescarte. Es bravo. Se sufre mucho“, dice Eliseo. Y llora. Aunque sea transparente, el agua segura no atrae votos. No aparece en las campañas.

Una gota de conocimiento

En julio de 2018 el Grupo ad-hoc “Arsénico en agua” de la Red de Seguridad Alimentaria (RSA) del Conicet presentó ante laComisión Nacional de Alimentos (Conal) su informe final. Primero hablaron de la falta de datos por parte del Estado. De esta invisibilidad del arsénico. Después, de la falta de acción para salvar vidas.

“En Argentina, debido a la gran cantidad de personas que pueden estar afectadas, las acciones a tomar sobre el arsénico deberán constituir una política de estado conducida por el gobierno nacional acompañado por los gobiernos regionales y locales donde el impacto del problema sea mayor. Debería proponerse la creación de un cuerpo gubernamental multidisciplinario que enfoque el problema arsénico desde diferentes puntos de vista, incluyendo la vigilancia epidemiológica, fomentando y emprendiendo investigación científica y tecnológica específica con recursos suficientes. Como acción más correcta, opinamos que se debería brindar a las comunidades afectadas sistemas adecuados y sustentables para el saneamiento del agua con instalación de redes de agua potable”, dicen los expertos.

¿Lo concreto? “Se debería elaborar un plan con metas a cumplir por etapas. Fijando, por ejemplo, un plazo de cinco años para bajar el límite a 30 μg/L y 10 años para llegar a 10 μg/L, si éste fuera el valor máximo acordado en el país”. Como se dijo al inicio de esta nota, eso aún está en discusión en Argentina. Recién se definirá cuando se realice el primer estudio sobre arsénico financiado por un gobierno nacional.

Fuente: Clarín

Fecha: 26/6/2019

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