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La historia del VIH/Sida: de la “peste rosa” a la cura de dos pacientes
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La enfermedad irrumpió en los 80 y fue sinónimo de estigma social. Hoy, los tratamientos permitieron darle a los infectados la misma esperanza de vida que los seropositivos.

Era “la peste rosa”. La que afectaba “a los amorales”. La que generaba pavor. La enfermedad de la discriminación. Pero los avances científicos consiguieron transformar, en menos de 40 años, el significado de la palabra sida. Y ahora la ciencia consiguió un nuevo hito: por segunda vez en la historia, los médicos lograron la remisión total en un paciente.

El “paciente de Londres” se suma al “paciente de Berlín”, las únicas dos personas en el mundo que se consideran curadas de la enfermedad. Los especialistas prefieren ser cautos y hablar de “remisión a largo plazo”. Pero técnicamente, ambos están curados, libres del virus de inmunodeficiencia humana.

Del inglés no se conoce su identidad, pero sí su historia. Contrajo el VIH en 2003 y en 2012 había sido diagnosticado con el linfoma de Hodgkin. En 2016 recibió un trasplante de médula ósea para tratar este cáncer. Pero los médicos pensaron que, si encontraban un donante correcto, también podían intentar curar el virus.

El donante tiene una mutación genética que confiere una resistencia natural al virus: alrededor de un 1% de descendientes de europeos del norte heredaron esa mutación de ambos progenitores y son inmunes a la mayor parte del VIH. Esto se debe a una mutación en una proteína llamada CCR5, presente en determinadas células del sistema inmunológico. Ese receptor es utilizado por el VIH para ingresar a las células. La mutación, sin embargo, evita que eso suceda.

Al microscopio. El Virus de Inmunodeficiencia Humana (Reuters)

El trasplante cambió el sistema inmunológico del paciente de Londres, dándole la mutación del donante y, por lo tanto, su resistencia al VIH. El paciente dejó de tomar voluntariamente los fármacos para el VIH para comprobar si el virus regresaba. No sucedió.

La misma terapia se había aplicado antes con “el paciente de Berlín”. De él sí se saben más datos: se llama Timothy Ray Brown, nació en Estados Unidos, vive en Alemania y recibió el diagnóstico en 1995. En 2012 se conoció su caso. “Estoy convencido de que la cura está en camino. Soy la prueba viviente de que es posible”, le dijo a Clarín en una entrevista.

Los médicos insisten en que estas reacciones son “improbables” y por eso no se contempla como rutina este trasplante. Pero sí conceden que este segundo caso abre una esperanza para llegar, en un día, a la cura para todos los infectados.

El comienzo de la epidemia

Si nos metiéramos en una cápsula del tiempo y viajáramos tres décadas atrás, hablar de una persona con sida curada sonaría a utopía. Los 80 estuvieron marcados a fuego por la epidemia del sida. Fue el 5 de junio de 1981 cuando los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC), el organismo oficial que se ocupa de la vigilancia y prevención de enfermedades en Estados Unidos, informó sobre una forma rara de neumonía entre jóvenes homosexuales de California. Era la primera alarma sobre una enfermedad que ni siquiera tenía nombre.

En los meses siguientes, el CDC siguió reportando esas mismas “infecciones oportunistas” entre consumidores de drogas inyectables, hemofílicos que recibían transfusiones de sangre y haitianos residentes en Estados Unidos. Ya era mediados de 1982 y ahí apareció por primera vez la expresión Acquired Immune Deficiency Syndrome (AIDS), Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA). También se determina cómo se puede transmitir la enfermedad: por la sangre, por las relaciones sexuales y de madre a hijo.

En enero de 1983, en el Instituto Pasteur en París, los investigadores Françoise Barré-Sinoussi y Jean-Claude Chermann, dirigidos por Luc Montagnier, logran aislar un nuevo virus, al que bautizaron LAV y que, creían, “podría estar implicado” en el sida (el nombre de Virus de Inmunodeficiencia Humana, VIH, lo recibió en 1986). Sus hipótesis eran correctas: en 2008, Barré-Sinoussi y Montagnier recibirían el premio Nobel de Medicina.

El actor estadounidense Rock Hudson, la primera persona famosa en fallecer por el sida (Archivo)

El actor estadounidense Rock Hudson, la primera persona famosa en fallecer por el sida (Archivo)

Los científicos buscaban denodadamente conocer más sobre ese virus letal y poder dar con herramientas para frenarlo, mientras el temor y el estigma social por el sida crecían. 1985 fue un año clave: el 2 de octubre de 1985 muere el actor estadounidense Rock Hudson, la primera víctima famosa, pero no la única. Freddie Mercury murió en noviembre de 1991 y Rudolf Nuréyev en enero de 1993.

En Argentina, los músicos Federico Moura y Miguel Abuelo contrajeron el virus y ambos murieron en 1988. “Había mucho desconocimiento de la enfermedad (…) Era aterrador porque lo llevaba al médico, y el médico me daba la mano a mí y a él no”, contó el año pasado en una entrevista con Infobae Marcelo Moura, para describir el miedo que la enfermedad causaba en los 80.

Federico Moura. El líder de Virus murió el 21 de diciembre de 1988. (Archivo)

Federico Moura. El líder de Virus murió el 21 de diciembre de 1988. (Archivo)

Eran momentos en que proliferaban temores absurdos. La gente no quería compartir el mate y hasta había quienes no querían dar un beso en la mejilla o decían que la enfermedad se podía transmitir por sentarse en el mismo asiento del colectivo. “Los comienzos de la epidemia se dieron en un contexto para nada favorecedor que incluyó la falta de información y el miedo. Porque cuando no se conoce, se teme. Fue así como se creyó que el virus afectaba exclusivamente a la población de hombres que tenían sexo con hombres, mientras que otros postulaban que era un castigo divino para quienes mantenían relaciones sexuales antes del matrimonio”, escribió el infectólogo argentino Pedro Cahn, uno de los líderes globales en la lucha contra el sida, en una columna en Clarín en mayo, cuando se cumplieron 35 años de la publicación en la revista Science de la investigación del equipo de Montagnier.

Los tratamientos

El 20 de marzo de 1987, apareció la primera esperanza: la agencia sanitaria de Estados Unidos autorizó el primer tratamiento antirretroviral, AZT, pero era caro y con muchos efectos secundarios.

En el arranque de los 90, la enfermedad seguía avanzando. El 23 de noviembre 1991 murió Freddie Mercury, quizás el caso público que más conmocionó. Un día antes, y después de insistentes rumores sobre su salud y fotos que lo mostraban muy desmejorado, el líder de Queen emitió un comunicado en el que decía que “después de todas las conjeturas hechas por la prensa en las dos últimas semanas, deseo confirmar que fui diagnosticado VIH positivo y tengo SIDA. Sentí que lo correcto era mantener esa información privada, para proteger la privacidad de quienes me rodean. Pero ya es tiempo de que mis amigos y fans sepan la verdad y espero que se unan a mis doctores y a todos los que están luchando alrededor del mundo contra esta terrible enfermedad. Mi privacidad siempre ha sido especial para mí y soy famoso por casi no dar entrevistas. Por favor entiendan que esa política continuará”.

Freddie Mercury. La muerte del líder de Queen conmocionó a fines de 1991. (Archivo)

Freddie Mercury. La muerte del líder de Queen conmocionó a fines de 1991. (Archivo)

En 1994, y cuando ya el sida era la primera causa de muerte entre los estadounidenses de entre 25 y 44 años, las Naciones Unidas entendieron que el VIH es un problema de estado y de estados, y decidieron crear el Programa Conjunto de la ONU sobre el VIH/Sida, llamado ONUSIDA.

Promediando la década, se produce el gran cambio que empezó a modificar la trayectoria de la epidemia: entre 1995 y 1996 aparecen nuevas clases de medicamentos y es el inicio de las combinaciones de diferentes antirretrovirales, las triterapias, cuya efectividad permitió que una enfermedad mortal se transformara en crónica. Según Onusida, se han desarrollado docenas de nuevos medicamentos antirretrovirales o antirretrovíricos.

“Actúan contra el VIH de diferentes maneras y, cuando se combinan, mejora su eficacia y se reducen las probabilidades de que se desarrolle resistencia a los medicamentos en comparación a cuando se administran por separado. Hoy en día, el tratamiento con una combinación de al menos tres medicamentos antirretrovíricos diferentes es el tratamiento estándar para todas aquellas personas a las que se les diagnostica el VIH. El tratamiento antirretrovírico de combinación evita la multiplicación del VIH y puede hacer desaparecer el virus de la sangre. Esto permite que el sistema inmunológico de la persona se recupere, supere las infecciones y evite el desarrollo del sida o de otros efectos a largo plazo causados por la infección por el VIH”, explica Onusida, que contabiliza que hoy hay 21,7 millones de personas en tratamiento contra el VIH en todo el mundo.

“Una persona que vive con el VIH que inicie el tratamiento antirretrovírico hoy en día tiene la misma esperanza de vida que otra persona seronegativa de su misma edad”, asegura el organismo de Naciones Unidas.

Los desafíos

Los avances científicos, sumados a las inversiones estatales e internacionales y los compromisos con la industria farmacéutica para garantizar el acceso, lograron bajar significativamente las muertes por el sida, y la ONU plantea terminar con la epidemia para 2030. Para este objetivo es fundamental la estrategia diseñada por un argentino, Julio González Montaner, radicado en Canadá y una eminencia mundial. 90-90-90 fue adoptada por Onusida en 2016 y propone que para el año que viene el 90% de las personas que viven con el VIH conozcan su estado serológico, que el 90% de los diagnosticados con el VIH reciban terapia antirretrovírica continuada, y que el 90% de las personas que reciben terapia antirretrovírica tengan supresión viral.

Lograr llegar con el diagnóstico y el tratamiento a todos es el principal desafío de la lucha contra el sida hoy. El otro, todavía en las puertas del 2020, es erradicar la discriminación. “El estigma social hace que, lo que actualmente es una enfermedad tratable, se convierta en una enfermedad mortal debido al impacto que tiene en la salud mental de las personas y al acceso que hay a su medicación”. La frase la dijo en noviembre de 2018 en la Cámara de los Comunes británica Lloyd Russel-Moyle, un diputado que reveló que es seropositivo. En Europa, por ejemplo, una ley de la UE prohíbe que las personas que vivan con VIH puedan obtener una licencia de piloto. En Argentina, los test de VIH en los exámenes preocupacionales están prohibidos desde 2015.

Test rápidos del sida en una plaza porteña, en una acción por el día mundial del 2017 (Archivo)>

Test rápidos del sida en una plaza porteña, en una acción por el día mundial del 2017 (Archivo)

Casos exitosos como los de los pacientes de Berlín y Londres son, insisten los científicos, aislados porque estos trasplantes “son procedimientos altamente complejos, intensivos y costosos, con sustanciales efectos secundarios, y no son una manera viable de tratar un gran número de personas que viven con el virus VIH”, dijo este martes ONUSIDA en un comunicado.

Falta de tratamiento con AZT en hospitales porteños, año 1997. / Archivo Clarín AZT-ING-GONZALEZ

Falta de tratamiento con AZT en hospitales porteños, año 1997. / Archivo Clarín AZT-ING-GONZALEZ

Pero su director ejecutivo, Michel Sidibé, concedió que la noticia “nos da gran esperanza de que en el futuro podremos acabar con el sida mediante la ciencia, a través de una vacuna o de una cura, pero al mismo tiempo muestra cuán lejos estamos de eso y la importancia de seguir concentrándonos en la prevención y el tratamiento del VIH”. Por ejemplo, recordando que el único método de prevención es el uso de preservativo, una práctica que incluso hoy no está todo lo extendida que debería: según una encuesta que difundió el mes pasado AIDS Healthcare Foundation Argentina, el 96% de los nuevos casos de VIH en el país se debe a relaciones sexuales sin protección.

Fuente: https://www.clarin.com/sociedad/historia-vih-sida-peste-rosa-cura-pacientes_0_ZGUxQHMH5.html

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