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La clase media china es el mercado de la cuarta revolución industrial
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Publicado el 26/11/2019

La cuarta revolución industrial, que es la informatización completa de la manufactura y los servicios, tiene en su dimensión biológica –que económicamente es la agricultura- un mercado especifico, que es la nueva clase media mundial, con epicentro en Asia y China.

La clase media, constituida por unas 3.000 millones de personas, cubre en Asía un universo de 1.500 millones de personas, de los cuales China dispone de 440 millones con ingresos comparables a los norteamericanos (U$S 35.000 / U$S 45.000 anuales).

Los rasgos fundamentales de esta clase media en materia agroalimentaria es que ha establecido ante todo una nueva forma de consumo que requiere productos cada vez más sofisticados, con especial énfasis en todo lo que se refiere a su contenido de “salud” y por lo tanto a su trazabilidad.

Estos nuevos consumidores, de gran y creciente poder adquisitivo, buscan en primer lugar diversificar los nutrientes de su alimentación, alejándose de las grasas y los excesos proteicos.

Atrás de esto lo que hay es un “nuevo estilo de vida”, lo que significa que su demanda de productos agroalimentarios de nuevo tipo no es un conjunto de “nichos de mercado” dentro de una demanda tradicional, sino la contrapartida, bajo la forma de consumo, de la transformación irreversible de la producción de alimentos en el mundo.

Por eso es que las grandes empresas agroalimentarias vuelcan sus inversiones hacia la nueva demanda global. Cargill, la mayor compañía agroalimentaria de EE.UU. y del mundo, destina ahora buena parte de sus inversiones a la producción de lácteos y carnes libres de antibióticos (U$S 1.500 millones en 2018). Por su parte Bayer / Monsanto califica como prioritario el desarrollo de productos antiplagas de carácter ecológico.

El resultado es que los dos principales campos de inversión de las grandes transnacionales de los alimentos son en este momento todo lo referido a la compra sistemática de start ups high tech en el plano de la bioquímica y la bioenergía, con el objetivo de reducir los daños ecológicos a través de productos agroquímicos, biomateriales, y bioenergéticos biológicamente producidos.

Luego, vinculado por necesidad por lo anterior, son las proteínas alternativas de carácter sustentable, sobre la premisa de que es preciso quebrar la regla tradicional que establece que son necesarios 8 kg de granos para producir 1 kg de carne para disminuir los daños ecológicos.

La nueva regla señala que todas las cuestiones de sustentabilidad sólo pueden tener soluciones biológicas, que es la dimensión específica de la cuarta revolución industrial.

También se han volcado a la inversión en start ups high tech agrícolas los grandes fondos del sistema financiero internacional, como el Fondo Soberano de Dubái y el SoftBank de Japón, que han destinado más de U$S 1.500 millones a este campo en particular en 2018.

La lógica que guía el nuevo ciclo inversor no es como producir más, sino, lo contrario, como producir más con menos. Se trata de obtener mejores rendimientos reduciendo la utilización tanto de tierra como de agua.

La agricultura industrial hiperintensiva en capital de EE.UU. es estructuralmente ajena a la cuarta revolución industrial: y por eso exige para persistir una estructura de subsidios del gobierno de Washington de más de U$S 25.000 anuales; y a pesar de eso, los márgenes de ganancia en relación al capital invertido son cada vez menores (U$S 6 por acre en 2018).

De ahí que la cuarta revolución industrial tenga un significado profundamente disruptivo en el terreno agrícola; y esto ocurra en primer lugar en EE.UU, la primera potencia agroalimentaria del mundo, que todavía en lo esencial se sustenta en la tercera revolución industrial (mecánica y física), y no en el nuevo ciclo productivo, tecnológico y científico, esencialmente biológico, de la nueva revolución industrial.

Esto implica que la productividad agrícola en la fase de la cuarta revolución industrial es sinónimo de conocimiento biotecnológico centrado en la “ingeniería genética”; y esto es lo que le otorga a su reproducción un carácter sustentable que respeta el ciclo de la vida y responde a su lógica.

En la cuarta revolución industrial de sesgo esencialmente biológico, en vez de destruir –“explotar”- la naturaleza, se trata de respetar el “ciclo de la vida”; y de esa manera, disminuir drásticamente los daños ecológicos.

Esta es la clave decisiva de la producción agroalimentaria qué viene, tanto en EE.UU. como en el mundo. Esta es la corriente central de la época.

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