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Jugaban descalzas, les decían ‘marimacho’ y ahora son cracks del fútbol femenino
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Publicado el 23/04/2019

Se viene el Mundial de fútbol femenino al que la Argentina se clasificó después de 12 años. Tres historias de jugadoras que pelean por la profesionalización de sus carreras.

Panamá, estadio Rommel Fernández, 13 de noviembre de 2018. La cordobesa Florencia Bonsegundo recibe la pelota y patea al arco: la comba es prolija, es hermosa y es un flechazo. Pero la noticia es que ese gol habilita a la Selección Nacional de fútbol femenino a jugar el Mundial de Francia, que empieza el 7 de junio. Lo logra luego de doce años de no poder clasificar.

Pero antes de que la clasificación de las mujeres se volviera pompa y titular, en los últimos dos años pasó de todo. La madrugada en la que partieron a Uruguay a jugar un partido y durmieron en el micro porque la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) consideró que no era necesario reservar un hotel. Camisetas viejas, en talles XL y, a veces, con apellidos mal estampados en los dorsales.Entrenamientos esporádicos y pocos y cortos. Una huelga y carta de reclamo a la AFA con las firmas de varias futbolistas. Un viático magro para las integrantes de la Selección Mayor, que en 2017 era de 150 pesos. Ahora el monto parece ser secreto porque, a pesar de la insistencia de Viva, en la organización presidida por Chiqui Tapia no quisieron decir a cuánto se actualizó. Una denuncia pública de Macarena Sánchez Jeanney -ex jugadora de la UAI Urquiza y nueva integrante de San Lorenzo, el club que anunció hace unos días la firma de 15 contratos para su equipo femenino-, que visibilizó las condiciones en las que juegan las mujeres y las diferencias con sus pares varones…

Una idea rápida: el fútbol masculino es una inversión; el femenino, un gasto. El movimiento feminista les tendió la mano a las jugadoras que, al mismo tiempo, ya se habían organizado en las reivindicaciones. ¿El panorama está cambiando? Veamos.

Para empezar, diez días antes del primer partido del repechaje contra Panamá se agotaron las 15 mil entradas que la AFA ofreció gratis . Se jugó en Arsenal de Sarandí y fue un atardecer con cuatro goles televisados por una señal privada.

Las marcas de indumentaria deportiva, veloces para captar nuevos nichos de consumo, se interesaron en sponsorear a jugadoras. Nike, por ejemplo, lanzó una campaña en apoyo a las mujeres deportistas y viste y calza a ocho jugadoras de la Selección Nacional.

La FIFA, dueña y benefactora de la pelota, recibió una cantidad récord de solicitudes de federaciones para organizar el Mundial de 2023, la Argentina incluida. Europa, en tanto, convoca a jugadoras argentinas, que en nuestro país se entrenan a bajo costo y allá hacen campeones a sus equipos.

El 16 de marzo, la AFA y Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA) presentaron el plan de profesionalización del fútbol femenino. Destinarán 120 mil pesos mensuales a cada uno de los 16 clubes de Primera para que formalicen la relación laboral con ocho jugadoras que integren el equipo. Esto es: que cobren un sueldo. Las entidades tienen 60 días corridos para registrar a las futbolistas una vez que se publique en el Boletín Oficial. AFA y FAA anunciaron, además, la “Copa Evolución”, un torneo femenino, sin detalles definidos. Las chicas ya tienen vestuario en el predio de Ezeiza.

Algo “histórico”, “un hecho sin precedentes”, según algunos medios de comunicación, se dio el primer día de marzo: el equipo femenino de San Lorenzo se enfrentó al de Huracán en la previa del partido de la Superliga. Las mujeres ahora ocupan aquel espacio que supo ser de la Reserva.

También hay interés editorial. Paidós prepara para junio la salida de Campeonas. Un siglo de fútbol femenino en la Argentina, escrito por la periodista Ayelén Pujol. El libro es un repaso por la historia del deporte, pero sobre todo intenta romper la idea de que el fútbol femenino se convirtió en una moda.

Las futbolistas de la Selección Nacional se encontraron en Australia los últimos días de febrero para jugar tres amistosos. “Se encontraron”, sí: no hubo entrenamiento que las juntara antes. Perdieron ante Corea del Sur, Nueva Zelanda y Australia.

Viva viajó a España para entrevistar a Estefanía Banini y a Ruth Bravo, capitana y subcapitana del equipo y jugadoras de la Liga Profesional europea. También conversó con Belén Potassa, goleadora de la Selección y de la UAI Urquiza.

Las tres coinciden: conforman un grupo que se caracteriza por el sacrificio, la unión y el talento, y que aspira a pasar a octavos en el próximo Mundial Ellas y sus compañeras –y cada argentina que desee ser futbolista– son las caras de un fenómeno: mujeres que dedican su vida al fútbol, vencen prejuicios y pelean por la profesionalización de sus carreras. El fútbol femenino parece avanzar a paso firme, pero sobre todo en un camino propio

Ruth Bravo, mediocampista: “Jugaba descalza porque no nos sobraba nada”

Tiene 27 años. Es la subcapitana de la Selección Nacional de fútbol femenino e integra el plantel del CD Tacón, club de Madrid.

A esa mujer que sacaron del banco de suplentes para mandarla a precalentar, la ataban a un árbol para que no pisara la canchita del San Remo, un barrio militar en Salta, porque paseaba a los vecinitos.

Esa mujer que va y viene por el lateral de la cancha –el rodete bien alto, las medias bien bajas– estudió durante siete años tango y folclore porque decir que era bailarina le daba menos vergüenza que contar que lo suyo era el fútbol en el centro de la cancha, ahí donde en milésimas de segundo hay que levantar la cabeza y decidir el pase más limpio.

A esa mujer que ahora, a los 30 minutos del segundo tiempo, se persigna dos veces antes de pisar el césped, le gritaban con insistencia desde un alambrado: “Levantá la bandera o te violamos”. Fue el año pasado, cuando jugaba en Boca y en los días libres de partido era jueza de línea en una categoría de Primera en Chascomús.

Y a esa misma mujer, que se llama Ruth Bravo y tiene 27 años, la que acaba de asistir a una compañera para que marque el gol de su equipo, el madrileño CD Tacón, la veré en Instagram dos semanas después, con la copa en alto porque su club finalmente ganó el Grupo y peleará el ascenso a Primera.

Madrid, 9 de marzo. Es una tarde de primavera en pleno invierno, pero aquí, al fondo de una de las sucursales de los 100 Montaditos, está oscuro como una cueva. Ruth se divierte eligiendo “sanguchitos” que varían en sabores pero no en precio: todos salen un euro, es decir, 49 pesos. Antes nos dio a elegir a quienes compartíamos el almuerzo con ella: “¿Qué preferís, quedarte sin piernas o sin brazos?”. La respuesta de Ruth, subcapitana de la Selección Nacional de fútbol femenino, es obvia.

Se instaló en España hace pocos meses para integrarse al Tacón, después de rechazar otras cuatro propuestas, todas más cerca de su casa familiar en Magdalena, que ésta, en Europa. Aquí también le dicen “Chule”, sobrenombre puesto por su abuela. Hermana de cuatro,su padre –José, militar retirado, chofer de taxis– quería que fuera modelo. En cambio su madre, Lilí, ama de casa, la apoyó en todo momento: hubiese querido para sí una carrera como futbolista y en Boca.

¿Se aprende a jugar a la pelota?

Nah, se siente. Yo jugaba descalza en el campo porque en mi casa no sobraba nada y tenía un solo par de zapatillas. La canchita estaba enfrente de mi casa. Me paraba en la ventana y veía que se juntaban. Y me moría de ganas. Si arrancaban y no me habían llamado para jugar, agarraba un cuchillo de la cocina, cruzaba y les pinchaba la pelota. Si el fútbol es algo que se aprende, bueno, yo aprendí así.

¿Y qué pensás que te vieron a vos?

La garra. Soy pícara, ventajera. El fútbol es para los vivos, qué querés que te diga.

Por el trabajo del padre, la familia se mudó de Salta a Magdalena, a 106 kilómetros de Buenos Aires. La relación entre Ruth y el fútbol no cambió. Decidida a que el deporte más popular de la Argentina fuera su profesión, estudió en una escuela pública que supo acompañar su anhelo. Se entrenó en el Centro Recreativo Integral de Magdalena (CRIM) y en el AMFAB para los Torneos Juveniles Bonaerenses, en un equipo integrado por mujeres.

A los 15 años se probó en Estudiantes de La Plata, pero una jugadora le dio una patada que la asustó y no quiso regresar al club hasta el año siguiente, cuando volvió a presentarse y quedó. Unos meses después, la convocaron al Sub-18 y Sub-20 de la Selección Nacional. Para llegar al predio de AFA, en Ezeiza, donde se entrena el equipo, Ruth hacía este trayecto: un micro desde Magdalena que tardaba una hora en llegar a La Plata y otro desde La Plata que tardaba una hora en llegar a Capital; un tren de media hora hasta Núñez y un tercer micro de dos horas hasta el predio. Cuatro horas y media de viaje para una preparación física de noventa minutos. Y luego, la vuelta a casa.

En 2012, dos días antes de un partido importante con la albiceleste, una rotura de ligamentos en la rodilla izquierda la sacó del equipo y del resto de las canchas. Durante dos años no tocó una pelota.

¿Y qué hiciste?

Estaba enojadísima, tanto sacrificio para terminar rota. Primero borré mi perfil en Facebook: no quería saber nada de nadie. Y conseguí trabajo en una panadería. No sabés lo que engordé.

Unas amigas insistieron para que volviera a Estudiantes. Ruth se recuperó de la lesión y recuperó, también, el cuerpo a base de dieta y gimnasio. Cuando estuvo lista, regresó. En ese momento, ella y sus compañeras tenían como único compromiso con la institución haber firmado la lista de buena fe que, lejos de ser un contrato, implica que la deportista está a disposición del club y no puede jugar en otro. También pagaban la cuota social para costear los gastos del entrenamiento, como la ropa y el agua. Los botines corrían por su cuenta. Ruth y sus compañeras, y tantas futbolistas del país, pagaban –y todavía pagan– para poder jugar.

Un día de 2015, Marcela Lesich, hasta su fallecimiento el año pasado, DT del femenino en Boca, la vio en un partido contra Huracán en el que Ruth hizo un gol. La propuesta era un poco mejor que las condiciones que imponía Estudiantes: sin contrato, pero con obra social; ropa de entrenamiento, pero de temporadas anteriores y del equipo masculino; un par de botines por temporada. Se sumó al plantel porque, además, quién puede contra el club del que es hincha.

El año pasado llegó la propuesta del Tacón. Y Ruth, que ya tenía representante, decidió mudarse a Madrid con un contrato de diez meses, salario, vivienda y obra social. “No rinde igual una jugadora que puede dedicarse sólo al fútbol, que otra que se levanta a la cinco de la mañana para ir a trabajar, entrena sin comer y se sube al micro para volver a la casa merendando lo que puede –dice Ruth en la sobremesa de los 100 Montaditos–. Es algo que en la Argentina tiene que cambiar. ¿Por qué creés que Europa se interesa por las argentinas? Por que tenemos buen nivel, somos aguerridas, disciplinadas. Acá nos traen ‘hechas’.”

Estefanía Banini, delantera: “Ya es momento de que nos reconozcan por nuestros nombres”

Le dicen “la Messi”. Tiene 28 años, es mendocina y jugó en los Estados Unidos, que tiene una liga profesional. Capitana de la Selección Nacional, brilla en el Levante UD, de Valencia.

Es 8 de marzo en Valencia, España, y buena parte del mundo. Mediodía ruidoso y de calles cortadas por la gran marcha que se ha organizado en esta ciudad bajo el lema “Frente a la barbarie, lucha feminista”. Un día de huelga en el que las mujeres caminan con carteles en alto. Uno dice: “Manolo, haz tu comida solo”. Hacia la noche, un enjambre color lavanda terminará en las Torres de Serrano.

A una media hora en auto desde ese último punto de concentración, Estefanía Banini, delantera del club Levante UD y capitana de la Selección Nacional de fútbol femenino, ceba unos mates. El departamento es amplio y luminoso, pero sobre todo es un lugar de paso. No hay portarretratos con fotos familiares ni plantas, no hay adornos ni recuerdos. Hay, sí, velas ahogadas en su cera. La jugadora dirá después que esa luz frágil la tranquiliza, que al encenderlas concentra en su llamita un pensamiento: de dónde viene, adónde quiere llegar.

Contar de dónde viene es fácil. Diferente es “cómo” llegó.

Un googleo rápido: “La 10”, “Enana”; “Chuky”, “Demonio” y en ese sentido –el de una maldad premeditada– todos los derivados se vuelven apodos. Estefanía, sentada en el sillón de su living, sonríe. Un rostro con la marca del jet lag que le dejó la serie de amistosos en Australia; la mejilla derecha rota por un arañazo, consecuencia del roce con otra jugadora cuando con su club enfrentó al Barcelona. Banini lleva el pelo suelto. Cada tanto lo acaricia, como si calmara a un animal.

También te dicen “La Messi”.

Ah… Sí. Bueno, es una forma que encontró el periodismo para captar la atención de la gente. Me conocen así mediáticamente, digamos, es una comparación, por la manera de jugar.

¿No te gusta?

Es que creo que ya es momento de que a las futbolistas nos reconozcan por nuestros nombres, ¿no?

Estefanía hizo un recorrido diferente al que suelen hacer las jugadoras argentinas. Mendocina, 28 años, hija de Elizabeth, profesora de inglés, y de Tito, comerciante; hermana de dos: Paola y Hernán. A los 5 años anunció que quería jugar al fútbol. El padre pensó que era un capricho, la madre dudó pero no tanto. Le ofrecieron jugar vóley, hóckey, básquet. La nena no quiso. Elizabeth emprendió un periplo que sería agotador: no había club en Mendoza y alrededores que tuviera (o que aceptara) a mujeres.

“Hasta que llegamos al Cementista –dice Estefanía en su departamento despojado en Valencia– y el entrenador dijo que sí. Mi mamá le aclaró: ‘Mire que es ella, eh, la nena’. El la miró como si no entendiera e insistió: ‘Sí, señora, no hay problema’. Fue un visionario. Un sabio. Un tipo de mentalidad muy abierta.”

El entrenador se llama Eduardo “Perico” Pérez y al teléfono, desde Mendoza, dice esto: “Me acuerdo, claro. Una muñequita parada en el playón del club de la mano de sus padres. Yo no tenía mucho que pensar, si el fútbol a esa edad es recreativo. ¿Qué importaba si era buena o mala?. Empezó a entrenar con los nenes y después se convirtió en esto, una ‘sensación’”. El Cementista está en las afueras de Las Heras. Hoy es semillero de futbolistas –Anita Ontiveros, por ejemplo, fue elegida mejor jugadora del Mundial de Futsal en 2017– y tiene un equipo de mujeres que es pentacampeón de futsal femenino en su provincia.

Estefanía jugó en ese club hasta las juveniles, siempre con varones. De aquellos años conserva un recuerdo dulce de los chicos: que ella entraba primero al vestuario para cambiarse y ellos la esperaban a que estuviera lista, que la protegían con la distancia que merece el respeto por un par. Con el tiempo esos nenes florecieron y ya eran los adolescentes que sacan ventaja a fuerza de músculo y potencia. Estefanía desarrolló otra característica: pensaba, se movía inteligente y adelante en el tiempo y el espacio mínimo que ofrece una cancha de futsal. Un mecanismo de supervivencia.

¿Y qué pasaba afuera de la cancha?

Algo que nunca entendí. Mis compañeros y los jugadores de los equipos rivales no tenían problema en que yo estuviera ahí. Pero los padres de los otros gritaban cosas del estilo “¡¿Pero cómo te vas a dejar gambetear por una mujer, hijo!?” o “matala”. También quisieron dejarme afuera de un torneo. Yo tenía 7 u 8 años. Los organizadores habían revisado el reglamento y encontraron excusas para no dejarme jugar. Hasta los animales podían, pero yo, mujer, no. Mis papás tuvieron que firmar un documento ante un escribano que decía que mi participación estaba bajo su responsabilidad. Solo pude entrar en la cancha los últimos dos partidos. Pero no dejé de ir a ver a mis compañeros. Iba y lloraba.

A los 15 años la convocaron para entrenarse con la Selección Nacional. A esa altura combinaba futsal con varones y femenino con Las Pumas, en cancha de once. A los 17, con el secundario terminado, se anotó en la universidad con la idea de recibirse como profe de Educación Física. Pero ya era titular en el seleccionado y cursar se volvió imposible. Los lunes viajaba a Buenos Aires para entrenarse de martes a jueves en Ezeiza. Ese día por la noche volvía a Mendoza. Trece horas en micro para hacer los casi 1.200 kilómetros de ruta que separan ambas ciudades, ida y vuelta, durante un año. Nunca se quejó: sabía que la verían jugar.

La propuesta para sumarse al Colo Colo llegó después de unos amistosos en Chile. Primera diferencia con el fútbol femenino en la Argentina: el trabajo allí era pago, con vivienda y obra social, y la posibilidad de dedicarse en forma exclusiva. Banini se mudó.

Del Colo Colo pasó al Washington Spirit, un equipo de los Estados Unidos. En ese país, el fútbol femenino es profesional y tiene una liga propia, la National Women’s Soccer League. En 2015 se sumó al Valencia FC. Regresó a Estados Unidos en 2017, donde además de jugar entrenó a un equipo de madres de niñas futbolistas. Desde 2018 vive en Valencia, en este departamento sin memoria, y juega en el Levante UD, un equipo de la Primera División.

¿Por qué volviste a España habiendo tenido la oportunidad de consagrarte en los Estados Unidos, donde el fútbol femenino es profesional?

Hubo dos motivos. Uno es que me gustaría jugar una Champion, más para el Levante, que está apostando al femenino. Y este año vamos terceras, va a ser lindo pelear la Liga.

¿Y el segundo?

En Estados Unidos llegué a lo más alto. Pero después de entrenar, no sabía cómo llenar las horas. Las amistades y las costumbres no son las mismas. En la vida de un deportista la pasión es fundamental. La vida por fuera del fútbol hace que rindas mejor o no dentro de la cancha. Y yo empecé a sentirme mal.

¿Y la motivación económica?

Es que a diferencia de los varones, las mujeres entendemos que del fútbol no vamos a vivir. Al menos mi generación. Yo estoy acá, el fútbol es profesional, pero no me siento una privilegiada. Muchas jugadoras no tienen, siquiera, posibilidad de firmar un contrato, cobran un viático, se compran la ropa de entrenamiento. Las que estamos en esta situación, podemos vivir del fútbol, pero al día. Ahora por lo menos podemos pensar un futuro ligado al fútbol, como entrenadoras, árbitras. Tenemos “salida laboral”.

En los últimos años Estefanía se ganó la cinta de capitana. Con la Selección llegó a las finales de la Copa América Femenina en 2010, 2014 y el año pasado, y salió campeona en los Juegos Suramericanos 2014. En medio, una lesión en la rodilla la postergó varios meses. De vuelta al ruedo, ansiando el Mundial que se jugará en Francia, le faltan dos materias para recibirse de directora técnica.

En su dormitorio quedó la camiseta de la Selección, que colgaba temblorosa del respaldo de una silla. Apenas se leía parte de su apellido y asomaba el uno del 10 que completa su dorsal. Ahora Banini pelotea sobre el césped del Levante. Las piernas, dos columnas gruesas. Y debajo de la curva que marcan las cejas, esos ojos acuosos, la mirada entera y brava.

Belén Potassa, goleadora: “Los hombres que me decían ‘marimacho’ ahora me felicitan”

Tiene 30 años, Carlos Bianchi le regaló una camiseta de Boca con su nombre estampado en el dorsal por haber pasado los cien goles. Juega en la UAI Urquiza e integra la Selección Nacional.

Debe de ser un honor para cualquier futbolista y esta vez le tocaba a Belén Potassa. Carlos Bianchi –uno de los goleadores más eficaces de la historia del fútbol argentino y entrenador multicampeón– le entregaba a la delantera una camiseta de Boca con su apellido en la espalda y el número 100 por haber superado esa cantidad de goles.

Fue hace cinco años y Belén, en ese club, no estaba conforme. Tenía experiencia como jugadora, acumulaba títulos, había resignado mucho. Por todo eso deseaba que sus padres no tuvieran que mantenerla. Quería un trabajo relacionado con su profesión, algo coherente para una mujer de 26 años y futbolista.

Los entrenamientos y los partidos demandaban tanto que conseguir un empleo tradicional la obligaba a elegir entre una cosa u otra.Pidió un puesto administrativo en el club o estar a cargo de una escuelita. Está bien: Boca costeaba el alquiler del departamento en el que vivía, pero el viático –unos dos mil pesos– tampoco sobraba teniendo en cuenta que de allí descontaba la comida y el viaje desde Santos Lugares –donde vivía– a La Boca.

Aquella camiseta que le había entregado Bianchi valía doble. Belén integraba el equipo que ese año había clasificado a la Libertadores y le correspondía el premio que entonces otorgaba el club. Pero ella estaba tan angustiada que pensó en dejar todo y volver a Cañada Rosquín, a dos horas de Rosario, con su familia.

Si no abandoné es por mi mamá. Ella, que estuvo siempre, que hasta organizaba rifas para bancar los viajes con la Selección, me decía que siguiera, que intentara, que escuchara otras propuestas”, dice Belén. Es un día de marzo, tan celeste que encandila. En el UIA Urquiza, un club ubicado en Villa Lynch, partido de San Martín, todavía huele a verano.

Como le había sugerido su mamá, escuchó. Y después de pensarlo, se sumó al UrquizaPotassa dejaría Boca, el club en el que había brillado entre 2010 y 2014. Con el pase en la mano, pero antes de hacer pública su salida, se acercó a cobrar el premio que le correspondía. La discreción no sirvió: el rumor confirmaba su baja del equipo. “El cajero me dijo de todo, a los gritos. Que no tenía idea qué era Boca, que me importaba la plata, que era una traicionera”, recuerda Belén.

En julio de 2017, el diario chileno El Mercurio publicó un ránking de los jugadores con mejores sueldos del fútbol sudamericano. El segundo puesto, aunque el primero en la Argentina, lo ocupaba Fernando Gago, que en ese momento jugaba en Boca. De acuerdo a la nota, su salario era de 110 mil dólares al mes. Le pregunto a Belén cuánto le habían pagado de premio por haber clasificado a la Copa Libertadores 2014. La respuesta es breve, el premio también: “5 mil pesos”.

Cañada Rosquín es una localidad de casi 7 mil habitantes, ubicada a la altura del tobillo de la bota que dibuja la provincia de Santa Fe en el mapa. Pura pampa, pueblo de siesta obligada y bicicletas. Allí se crío Belén, la única nena futbolista de la Liga San Martín, el departamento al que pertenece la ciudad.

¿Cómo empezaste a jugar?

Un día, yo tendría unos cinco años, el técnico del club donde jugaba mi hermano Cristian me vio y llamó a mi mamá. Se sorprendió cuando mi mamá le dijo mi nombre, porque él me había visto parar un pelota y pensaba que yo era un nene. Mi mamá le dijo que sí. Ella siempre quiso tocar el bandoneón y su papá, mi abuelo, no la dejaba porque decía que era un instrumento “de hombre”.

¿Y tu papá sobre vos qué decía?

Y… tenía dudas. Pero mi mamá le dijo que ella no me iba a cortarme el sueño; que si llegaba, llegaba. Y si no, que por lo menos iba a intentarlo.

Belén recuerda con cariño a aquellos nenes con los que jugaba: dice que siempre que hubo que hacerlo, la defendieron y que jamás escuchó berrinches del tipo “¿por qué juega ella y yo no?”. Le pregunto si alguna vez, durante esos años, se sintió maltratada. “Cuando cumplí 13 años me sacaron de la Liga. Mi equipo pasaba de categoría y ya peleaba por puntos, en cancha grande. Decían que ‘era complicado’ que una nena compitiera. Y después estaban los hombres que me decían ‘marimacho’, esos son los que hoy me felicitan”, dice.

Está sentada en una silla con los brazos cruzados y aún así es fácil advertir que su cuerpo es una sola fibra: las piernas tensas, los hombros expandidos como un frontón. Una chica liviana y con mural propio en su pueblo natal. Ella y León Gieco fueron pintados por vecinos y declarados ciudadanos ilustres.

Fuera de la Liga, practicó otros deportes: voley, handball, tenis. Pero la tentación de pegarle a la pelota con el pie siempre la traicionaba. Un día le pidió a Ana, su mamá, que la llevara a Rosario Central, que ahí había un equipo de mujeres. Pasó la prueba y jugó dos temporadas. En ese interín la convocaron a la Selección Nacional. La vida, como a muchas de sus compañeras que visten la camiseta argentina, cambió por completo. Los lunes viajaba a Ezeiza para entrenar y los viernes volvía para jugar con Central. Festejó sus Quince con vestido y tacos, pero no se fue de viaje de egresados porque le pareció que era “tirar el esfuerzo al tacho de basura”. Los últimos dos años del secundario –16 materias– los rindió libres.

De Central pasó a San Lorenzo, de ahí al Santiago Morning, de Chile. Después jugó en Boca y ya dio tres vueltas olímpicas con la UAI Urquiza. El club no le paga un sueldo como jugadora. A cambio le dio un puesto como recepcionista en una sede de la Universidad Abierta Interamericana (de allí la siglas del Urquiza, que era “Ferrocarril” Urquiza antes de que la asamblea aprobara la fusión) por el que cobra un salario, le alquiló un departamento y desayuna y almuerza en la universidad lo indicado por la nutricionista. No es lo ideal, pero la situación de Belén está lo más cerca de ser “profesional” que hay en nuestro país.

Tenés 30 años, ¿todavía te tienta la posibilidad de jugar afuera?

Hay tiempo para todo. Primero está el Mundial.

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