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El argentino que creó el cerebro del primer taxi aéreo autónomo
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Publicado el 17/12/2019

Roberto Robbie Bunge tiene un aire al Tom Cruise de Top Gun. Camperita aviadora con cuello levantado, un corte de nariz poco común y una indisimulada pasión por las máquinas que vuelan. Pero lo de Robbie no tiene nada de ficción. A los 35 años, este ingeniero argentino que vivió, estudió y trabajó durante una década en Silicon Valley, está a un paso de quedar en la historia como uno de los desarrolladores del primer taxi aéreo. Su pasión por la aeronáutica se está cristalizando en un desarrollo que promete cambiar la forma de transportarse en el futuro. Algo que la película Blade Runner, basada en la novela de Philip K. Dick, había vaticinado justo para 2019.

“A mí realmente me apasiona todo aparato que vuela. Apenas lo veo, pienso en cómo lo hace y cómo se podría mejorar. Me pasa desde que era chico: cuando estoy en contacto con un objeto nuevo, necesito saber cómo funciona”, le comenta a Viva en su oficina de la Universidad de San Andrés, donde el año que viene empezará a dar clases.

Los ventanales dejan pasar el sol primaveral y Bunge habla pausado, como en modo recuerdo, y revela de qué manera llegó a ser una pieza clave en el desarrollo de Vahana, un vehículo 100 por ciento eléctrico y 100 por ciento autónomo, capaz de levantar vuelo y aterrizar verticalmente, como si fuera un helicóptero, pero sin contaminar y sin piloto a la vista. Un aparato pensado para, por ejemplo, llegar desde San Fernando al Centro en 15 minutos.

En la primera escala de sus recuerdos, lo primero que rescata es su lazo con Mario Bunge, el monumental epistemólogo argentino que el 21 de septiembre pasado cumplió 100 años. “Mario es de la familia. Es el primo de mi abuelo y más allá de cualquier relación de sangre, es un referente. Su libro Ciencia, técnica y desarrollo fue vital en varios aspectos. Yo era un estudiante y fue muy movilizador leerlo: una reconfirmación del recorrido que estaba eligiendo”, dice.

¿Te aconsejó algo en el camino de la ciencia, de la investigación?

Mario vive en Canadá y yo no tuve contacto directo con él durante mi infancia. Lo conocí recién en la presentación de un libro, cuando pasó por Buenos Aires, y a partir de ahí entablamos una relación muy estimulante. Le conté mucho sobre lo que me gusta y siempre me alentóA él le apasiona hablar del futuro, no del pasado. Le mandé papers para que los revisara o que me diera su opinión. El hace eso con varias personas, no sólo conmigo. Y eso fue muy inspirador para mí. Es un capo.

¿De dónde viene tu pasión por las máquinas que vuelan?

No puedo mencionarte un hecho específico. En mi familia son todos de campo. Mi padre y mi hermana son ingenieros agrónomos y mi madre y mi hermano son veterinarios. Imaginate, en esa casa había más un gusto por la agricultura y los animales que por las máquinas, pero a mí siempre me llamaron la atención los objetos que se mueven en tres dimensiones. Desde una pelota que toma envión y vuela, y obviamente un avión. Cuando era chiquito me preguntaba por qué, si la Tierra era redonda, un avión que vuela en línea recta no se pierde en el espacio. Por la noche, hablaba con mi papá de esos temas. Tal vez por eso, cuando cumplí 14, me regaló un avión a control remoto. Y fue raro porque preferí no conservarlo. No pude entender cómo era su mecanismo y le pedí a papá que lo devolviera. Le dije: “Todavía no sé cómo funciona, pero ya voy a saber”.

Con los ojos del siglo XXI, los distintos hitos en la historia de la aviación inspiran una mezcla de admiración y sorpresa. Hubo personas que se ataron maderas cubiertas de plumas a los brazos y se lanzaron a planear desde colinas. Y hubo decenas de personajes que protagonizaron una carrera desenfrenada para convertirse en los primeros en volar sobre artefactos insólitos con la esperanza de sobrevivir para contarlo.

Privilegios científicos

A 116 años del primer vuelo de los Hermanos Wright, Bunge es otra perla de ese collar de intrépidos. En eso se convirtió cuando, luego de egresar del ITBA, decidió viajar a Silicon Valley para hacer una maestría y doctorado en Ingeniería Aeroespacial en la prestigiosa Universidad de Stanford.

“Después de recibirme de ingeniero mecánico con orientación en mecatrónica (disciplina que reúne la mecánica con la electrónica y el software para generar dispositivos que puedan tener un cierto nivel de inteligencia), gané la beca Fulbright y sentí que se me abrieron las alas. Apliqué a varias universidades para hacer un doctorado y quedé seleccionado en Stanford para Ingeniería Aeroespacial. Antes de viajar me casé con mi mujer, Stephanie McCallum, que es antropóloga y que también encontró allá la oportunidad de hacer su doctorado. Hoy tenemos una nena de tres años que nació en los Estados Unidos”, relata Bunge.

De esos años en Silicon Valley, atesora muchos amigos y “privilegios” científicos. “Frente a mis ojos pude ver el nacimiento y el crecimiento de muchas tecnologías. En mi barrio no había uno sino varios vehículos autónomos de Google que recorrían el lugar como forma de experimentación. También pude ver cómo la ciencia de los datos, la inteligencia artificial o el machine learning (la posibilidad de que las máquinas puedan aprender nuevas funciones) se transformaron en algo vital. Ni hablar de los drones. En 2008 yo estaba apasionado por ellos y gente conocida me decía: ‘Vos estás loco, qué vas a hacer con eso’. Pero yo intuía las aplicaciones que podían tener, hasta que un día, en el programa de tevé 60 minutes, Jeff Bezos, CEO de Amazon, los mostró y al día siguiente todo el mundo hablaba de drones”, comenta.

¿Es difícil estudiar las ciencias vinculadas al espacio?

Como cualquier carrera, hay que ser perseverante y buscar la excelencia. Específicamente, te tienen que gustar mucho las matemáticas, las ecuaciones. Y tenés que imaginar. Es decir, antes de fabricar algo, necesitás imaginártelo. Yo siempre tuve cierta facilidad para eso. Cuando era chico, iba en el auto y me quedaba pensando en el mecanismo para trabar las puertas. No veía su funcionamiento exacto porque sólo ves el pestillo que sobresale, pero lo podía imaginar. Lo más difícil es plantear bien el problema, no tanto resolverlo. Hay que hacer buenas preguntas.

Con alas propias

Mientras hacía el doctorado, fundó su primera empresa, Ceres Imaging. Un proceso que lo ayudó a formarse en otros aspectos que también buscaba perfeccionar: el comienzo de una startup y el mecanismo para acelerarla y hacer que funcione como algo productivo.

“La fundé con un amigo que conocí en la Escuela de Negocios de Stanford. El estaba pensando en algo parecido a lo mío y congeniamos. La idea era usar un dron con una cámara especial para, a través de algortimos de inteligencia artificial, monitorear cultivos. Empezamos siendo dos personas y ahora hay casi 100. Después di un paso al costado para concentrarme en el doctorado, pero fue buena la experiencia para entender que una startup es como un bebé: tenés que darle de comer, cuidarlo, entretenerlo, estimularlo para que crezca sano y fuerte”, relata Bunge.

¿Y cómo llegaste al proyecto Vahana, el taxi aéreo?

En diciembre de 2016 defendí mi tesis y un amigo que había sido ayudante de cátedra en la materia de drones me comentó que estaba trabajando en Vahana y me convocó para que me sumara al equipo. Era un proyecto de la oficina de Investigación y Desarrollo de Airbus en Silicon Valley. Empecé en el grupo de Sistema de control y software como un integrante más y con el tiempo pasé a liderar el equipo. Fue una oportunidad única para ser parte de la revolución de los aviones autónomos y taxis aéreos. Era mi sueño. Yo quería trabajar en el área donde tuviera la posibilidad de diseñar el software de control de un vehículo 100 que fuera por ciento autónomo y, a la vez, grande. Vahana, con un tamaño aproximado al de dos autos uno al lado del otro (como un cuadrado de 6 por 6 metros), lo era.

¿Cuál fue el mayor desafío para hacer posible el vuelo de ese aparato?

Bueno, yo ya había hecho diseño de ese software para drones de 3 a 5 kilos. Un dron más pesado puede pesar hasta 20 kilos. Pero con Vahana estamos hablando de 1.000 kilos: es un bicho grande y, por lo tanto, el riesgo y responsabilidad es muchísimo mayor. Necesitábamos tener un vehículo que pudiera despegar y aterrizar verticalmente, con lo cual podíamos prescindir de una pista de aterrizaje para poder usarlo en cualquier parte del mundo.

¿El diseño de sus alas fue clave para lograrlo?

Sí. Un helicóptero puede hacer ese despegue y aterrizaje vertical, pero es un vehículo muy ineficiente. Gasta mucha energía, está constantemente tirando aire hacia abajo. En cambio, un avión, cuando está en modo planeo, es muy eficiente: genera mucho sustento y poca fricción. La idea era que nuestro aparato estuviera diseñado de tal manera que pudiera girar las alas, se convirtiera en un avión y avanzara. Eso nunca se había hecho 100 por ciento autónomo. Y lo logramos. Vahana es el primero de la historia con esas características. Y al final, terminé desarrollando el software, que es el cerebro digital que decide cómo va a volar. Lo interesante y desafiante de la Aeronáutica es que todo tiene que estar arriba del avión y cada elemento que le agregás, le suma peso y le hace gastar energía. Por eso tiene que estar todo muy planificado y calculado. Cuando las baterías sean más livianas, seguramente se avanzará más.

Cuando muchos argentinos jóvenes, tal vez, piensan en buscar una salida por Ezeiza, Bunge está de regreso. Después de10 años en Silicon Valley, desembarcó en la Universidad de San Andrés y espera convertirse en un “formador e inspirador de nuevas generaciones de científicos y tecnólogos”. Quiere transmitir su experiencia a una edad en la que tiene aún mucho por delante.

¿Imaginás un futuro con taxis aéreos como parte del paisaje cotidiano?

Sí, totalmente. Si quiero ir al Centro, no puedo tardar una hora y media. Quiero un Vahana y llegar en 15 minutos. Todos vamos a poder pedir un taxi aéreo: cambiará la forma de transportarnos. Claro que el parque automotor no va a desaparecer de repente. Habrá una convivencia. Pero se irán incorporando al paisaje.

Como el otro Bunge, el pensador centenario, este Bunge también prefiere hablar de futuro. Y lo sueña a su medida: sin límites.

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