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Clarín en San Jorge, el pueblo donde los suicidios triplican el promedio de la Argentina
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Publicado el 09/10/2019

Un grupo de jóvenes y adolescentes se va quitando la vida. Muchos de ellos se conocen entre sí. La noticia primero genera tristeza, espanto. Después, especulaciones: que se trató de un juego, que fue un pacto entre ellos. Los profesionales que trabajan la problemática de los suicidios en San Jorge, una ciudad pequeña del centro de Santa Fe que en una recorrida rápida se muestra ordenada y pujante, saben que el tema es más profundo, más denso, más complejo. Violencia familiar, carencias económicas, consumo de drogas, falta de oportunidades y de escolarización, explican en parte los 22 casos que se registraron, desde 2017 a la fecha, en esta población de 22 mil habitantes. Nada de pactos. Nada de juegos.

Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de 2015, marcaba que la tasa de suicidios en el país alcanzaba los 14,2 cada 100 mil habitantes. Un informe de Unicef señala que en la Argentina 6,5 niños y jóvenes —de entre 10 y 19 años— cada 100 mil se quitaron la vida en el período 2014-2016.

Los valores en San Jorge en algunos casos triplican la media nacional. Un relevamiento del Ministerio Público de la Acusación (MPA) indica que en esa ciudad se registraron un total de ocho casos en 2017, diez en 2018 y cuatro en lo que va de 2019. De ese total, doce se dieron en menores de 18 años. Y varios más, casi hasta llegar a un 80 por ciento del total, en jóvenes que no tenían más de 24 años. La situación llevó al Concejo Municipal a declarar, el mes pasado, la emergencia social durante un año.

La medida busca redireccionar partidas de dinero para atender necesidades puntuales que sufren adolescentes y jóvenes e impulsar la coordinación de distintos actores para abordar el tema.

Juan Pablo Pellegrino es uno de los concejales que propuso la emergencia social. El edil tiene 38 años. La oficina en la que trabaja es pequeña, modesta. Comparte un mate, quizá para pasar el trago más amargo de la charla. Recuerda que los dos primeros casos, jóvenes que se conocían entre sí, se convirtieron en el alerta inicial.

La reiteración de suicidios, la relación personal que unía a las víctimas, la ubicación de los casos en un sector determinado de la ciudad —el barrio San Martín, uno de los más pobres—, despejó dudas. No se trataba de un tema aleatorio.

“Ahí empezamos a ver que no era un hecho aislado o común y activamos mecanismos y programas para abordar esta problemática. Entre 2017 y 2018 entre once y quince chicos se quitaron la vida, en una franja etaria de 15 a 21 años. Ampliamente había superado la media nacional y lo que estipula la Organización Mundial de la Salud”, recuerda el legislador local sobre los primeros anuncios trágicos que entregaban los jóvenes.

En el barrio San Martín los perros aprovechan la incipiente primavera. Se recuestan en la vereda, descansan. Hay un sol pleno y una temperatura agradable. Los chicos, algunos muy pequeños, caminan por el medio de la calle despreocupados ante el paso de automóviles. Otros circulan en bicicleta. Hay casas modestas, varias a medio terminar. Ladrillos y chapas apiladas. Alguna incluso no tiene puerta ni ventanas: apenas cortinas o una tela para evitar que ingrese el resplandor. Las vecinas que barren la vereda prefieren evitar el tema.

Ese punto de la ciudad concentra la mayoría de los suicidios. Y es extraño: no está alejado de la plaza principal. Apenas hay que recorrer diez cuadras para ver el césped prolijamente cortado y los comercios ubicados en la vereda de enfrente que ofrecen sus helados de crema, sus billetes de lotería, sus lentes de sol. En ese punto todo parece sereno, salvo por las 12 campanadas que sacuden la iglesia cuando llega el mediodía.

El barrio San Martín está cerca del centro, pero la economía de algunos de sus habitantes está a kilómetros de distancia de poder acceder a los helados, a los billetes de lotería, a los lentes de última moda. La pobreza explica parte del flagelo de los suicidios. Pero también las adicciones, los abandonos, la deserción escolar y la violencia familiar. La licenciada Diana Altavilla, integrante de la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio, trabajó en San Jorge para estudiar la problemática y advirtió todos esos problemas.

Al intendente local, Enrique Marucci (63), lo incomoda hablar de los suicidios. Preferiría detenerse a contabilizar calles asfaltadas o a debatir las virtudes que le han permitido mantenerse dos décadas en el cargo. Objeta la estadística de suicidios que se maneja. La cree desvirtuada. Pone incluso en duda varios de los casos, relacionando la problemática con el consumo y la venta de drogas. Sugiere que algunos jóvenes pudieron incluso haber sido inducidos a quitarse la vida.

“¿Habrán sido suicidios? No lo sabemos tampoco porque en muchos casos no se hace la autopsia”, lo respalda la secretaria de Gobierno, Lorena Oitana (46). El protocolo judicial no obliga a los fiscales a ordenar la autopsia. El criterio de la investigación y el informe policial marcan la forma en que se trabaja cada episodio.

“Bueno, pero la realidad está, nos angustia y tenemos que afrontarla. No hay que buscar tampoco excusas porque un solo caso ya es un problema”, reconoce al final Marucci.

La situación empujó a coordinar acciones entre diferentes áreas del Estado que antes trabajaban aisladas. Desde fines de 2018 municipio y provincia caminan juntos, con equipos territoriales, en distintas zonas de la ciudad. La mesa intersectorial —integrada por funcionarios de Educación y de Salud, además de referentes barriales no institucionalizados— se reúne todos los miércoles.

En el hospital de segundo nivel y en los dos centros de salud que atienden en la ciudad se elaboran protocolos para que médicos y enfermeros puedan abordar el tema cuando llega un paciente. El equipo de salud mental cuenta con seis psicólogos y un psiquiatra.

Si se advierte que alguien está en riesgo se activa el protocolo de salud, que define entre otros puntos la internación en caso de un “riesgo inminente”. Se trabaja, además, con las familias de los chicos que se suicidaron. No solo para contener. También para evitar nuevos episodios.

Altavilla estima que por cada suicidio que se registra hay otros veinte que se intentan. El concejal Pellegrino reconoce que los casos en San Jorge “nunca pararon” en los últimos años y que en la actualidad toman conocimiento, cada semana, “de dos o tres chicos que se quieren quitar la vida”.

La psicóloga Macarena Alvarez, coordinadora provincial de Salud de la subregión del departamento San Martín, recuerda que al advertir un salto en los registros, en 2017, debieron abordar la problemática estudiando y desestimando variables.

“Los primeros casos estaban relacionados. O era el primo o el amigo de otro. Incluso se manejaron teorías que desde Salud Mental tratamos de desarmar: esta cuestión de los pactos o juegos. Focalizarnos en eso es un error”, advierte Alvarez. “Después tuvimos un período donde no aparecían casos, pero reaparecieron. Entonces dijimos ‘repensemos otras prácticas, otra manera de trabajar, agudicemos el oído y la mirada’ porque evidentemente nos está faltando”, explica a Clarín.

El trabajo de los profesionales está institucionalizado. Pero hay otros que, a su modo, también se movilizan para ayudar. A veces con acciones que impactan. Otras, de un modo más subterráneo. Belén Cejas tiene una voz pequeña, pero son sus acciones las que retumban. Tiene 17 años y sus padres son pastores de una iglesia evangélica.

Belén cree que los suicidios entre jóvenes y adolescentes son parte de una realidad inaceptable. Por eso a fines de agosto sintió que debía hacer algo para visibilizar el tema, concientizar. Sacudir a los vecinos. Organizó una marcha por la ciudad con el lema “No más suicidios”. Un centenar de personas acompañó la movilización.

“Queríamos generar un alerta como para decir ‘si tenés una familia y un hijo, o un amigo que no está bien, fijate qué le está pasando, preguntale cómo está’. Como sociedad tenemos que hacer algo”, cuenta sobre las motivaciones que la llevaron a la calle, a ella y a sus preocupaciones.

El grupo de jóvenes de la iglesia a la que pertenece camina por los barrios, por fuera de su tarea religiosa, y mantiene reuniones con distintas áreas del municipio para colaborar.

Aunque no conocía personalmente a los jóvenes que se quitaron la vida, cuenta que con algunos de ellos mantenía contacto a través de las redes sociales. Ahora tejió relación con familiares de las víctimas, que se sumaron a la marcha que organizó.

El padre de una de las chicas que se suicidó en San Jorge, que vive actualmente en Rosario, le pide a Belén y a sus compañeros que estén cerca de su otra hija, que la acompañen. Otros familiares reciben contención. Belén se entusiasma con las acciones que ahora impulsan desde distintas áreas. Siente que “la gente se despertó”. No es poco. Despertarse siempre es el primer paso para dejar atrás una pesadilla.

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